Últimamente he dedicado mucho tiempo a pensar en las casas. Supongo que no tener una propia influye en ello. Pero ahora mismo no puedo evitar detenerme frente a ellas y preguntarme ¿Quién vive ahí? ¿Quién plantó ese jardín? ¿Cuándo se construyó y cómo llegó a quedar tan abandonada? ¿Es feliz esa casa? ¿Y hacia dónde me llevaría la vida si fuera yo quien estuviera dentro? Porque hay algo profundamente especial en las casas y en quienes las habitan. Es una relación de simbiosis: una depende de la otra, y cuanto más se entrega una, más devuelve la otra.
La semana pasada, por ejemplo, salí en bicicleta por Formentera y me quedé inmóvil junto a una casa tradicional –una casa payesa, como se las conoce– con una puerta pintada de azul. Me demoré junto al jardín, sembrado de salvia y fresias, esperando ver aparecer a esas mujeres mayores, de espaldas firmes, cuidando el huerto o tendiendo la ropa. Estos lugares son mis favoritos, los que más me atrapan, no solo por su belleza, sino porque en estas casas la relación entre el lugar y la persona se percibe con mayor claridad, aunque hoy en día sea algo menos evidente.
Por lo general, son construcciones de una sola planta, con un porche de madera que proporciona sombra. Muchas se levantaron con cisternas en la parte inferior para recoger el agua de la lluvia durante el invierno. Los materiales eran sencillamente los disponibles en el momento: vigas de enebro sin tratar para sostener el tejado, posidonia seca como aislamiento entre muros y techos… Sus gruesas paredes de piedra mantienen el interior fresco en verano y conservan el calor del fuego durante los meses fríos y húmedos.

Es una arquitectura austera, sin concesiones a lo superfluo ni a lo ornamental, pero extraordinaria en su sencillez, su diseño y su funcionalidad. Y hablando de fuego, las propias palabras lo dicen todo. “Hogar” tiene su raíz en la palabra “fuego”, o más concretamente en “chimenea”, un símbolo de calor, refugio y vida. En invierno, veo bocanadas de humo gris saliendo de chimeneas cuadradas e imagino, debajo, el fuego encendido: el corazón que late, las personas reunidas en torno a él, ese órgano vital que convierte una casa en un hogar.
Si bien estas construcciones han definido el paisaje cultural de Formentera, la propia isla –con su clima extremo, sus vientos constantes y su relativo aislamiento– ha moldeado también su arquitectura. Varios arquitectos notables comprendieron estas circunstancias y desarrollaron sus proyectos a partir de los principios de autosuficiencia y aprovechamiento del agua presentes en la arquitectura tradicional.
Henri Quillé, discípulo de Le Corbusier y pionero de la arquitectura sostenible, fue una de esas figuras y, probablemente, el arquitecto más prolífico de Formentera. Llegó a la isla en 1968 y construyó unas 30 viviendas, la mayoría del color de la tierra que habitan. Sus obras se componen de bloques brutalistas que entrelazan espacios privados y comunes de forma coherente.
“Me gustaría que existieran lugares estables, inamovibles, intangibles, intactos y casi intocables, arraigados en un sitio: lugares que sirvan como puntos de referencia, puntos de partida, orígenes”.
Georges Perec, Especies de espacios.


Bloques brutalistas, un porche cubierto de pino, paredes encaladas, jardín de enebros y una cisterna de agua bajo de la casa definen la arquitectura tradicional de Formentera.
Al entrar en sus patios abiertos se percibe la sombra como un elemento tangible y, bajo los pies, la suave inclinación de los suelos pensada para recoger el agua de lluvia. Sus casas, además de extraordinariamente bellas y oníricas, apostaban por las energías renovables y la integración en el paisaje en una época dominada por bloques de hormigón y hoteles en altura. “El viento, el sol y la lluvia –escribió– eran todo lo que necesitaba, nada más”. Un homenaje a la fuerza de los elementos y al potencial de la energía eólica y solar.
Aunque sus edificios no son precisamente discretos, se integran con tal naturalidad en su entorno que no alteran nada; al contrario, lo realzan. La luz y la sombra rebosan emoción, y los jardines son tan naturales que parece como si el suelo del patio se hubiera recortado para revelar lo que siempre estuvo allí, de forma orgánica. Y, sin embargo, al ver estas casas hoy, abandonadas la mayor parte del año, clausuradas para el invierno, con sus ventanas cerradas a la fuerza y el interior en penumbra, no puedo evitar preguntarme si realmente fueron un éxito.

Casa junto al mar cerca de Es Caló. Los arquitectos han tenido que emplear soluciones ingeniosas para conservar el agua y combatir las condiciones climáticas extremas.
¿Qué es una casa si no se habita? ¿Qué sentido tiene la buena arquitectura, o incluso una práctica constructiva sostenible, si no se permite que una casa cumpla su razón de ser? Porque, más allá de la arquitectura, una casa vacía es poco más que una escultura. Y en una isla de vacaciones y segundas residencias, ¿corremos el riesgo de perder ese vínculo entre lugar y persona? ¿De corromper esa simbiosis tan orgánica y especial? Como me recuerda a menudo mi padre: no hay lugar como el hogar. Y aquí, ahora mismo, no veo muchas chimeneas encendidas.







